
Isla de Uunartoq
Lunes, 22 de julio de 2024
Dejamos atrás Narsaq y continuamos nuestro viaje hacia la isla de Uunartoq. Seguimos descendiendo por el sur de Groenlandia, adentrándonos en la zona más inhóspita de estas latitudes. A nuestra izquierda queda la ciudad de Qaqortoq. A nuestra derecha, a menos de mil kilómetros en línea recta, la península canadiense del Labrador. La navegación por los fiordos es todo un espectáculo. Aunque la mañana no ha salido tan estupenda como los días en Qaleraliq, tenemos la suerte de que tampoco hoy nos ha llovido. Pero hace más frío. Cuando observo todo lo que nos rodea desde esta zodiac tan pequeñita tengo que pensar en aquellos exploradores y aventureros de otros siglos. Que recorrieron estos mares en búsqueda del ansiado Paso del Noroeste hace ya más de doscientos años.


En esta jornada hacemos un largo trecho y tenemos que parar un rato a descansar en Saarloq. Una pequeña aldea en el municipio de Kujalleq, casi abandonada, que cuenta con medio centenar de habitantes. Aquí nos da tiempo a comprar algo en el supermercado, dar un paseo por el pueblo y admirar el paisaje tan espectacular que tenemos enfrente de nosotros. También da tiempo a pensar lo duro que debe ser vivir aquí en los meses de invierno. Cuando llega la noche polar. Y la banquisa no permite a la gente navegar por los fiordos. En esta época del año, y con el buen tiempo que nos está haciendo, parece idílico vivir en estas pequeñas aldeas, pero… El duro invierno debe ser terrible. No me extraña que Groenlandia sea uno los países del mundo con más alto índice de alcoholismo y de suicidios. En fin, ahora disfrutemos.



Hacia la isla de Uunartoq
Después de tomar un pequeño aperitivo dejamos Saarloq y volvemos a la navegación por el fiordo. Seguimos disfrutando con verdadero asombro de los enormes icebergs que vemos flotando en el agua. Es un espectáculo increíble. Grandes pedazos de hielo que son una pequeña parte del lugar del que proceden. Gigantescos glaciares que cubren la superficie de la isla de Groenlandia. Y que cada lustro que pasa van reduciendo su tamaño por motivo del calentamiento global. Los glaciares se forman cuando la nieve se acumula en una zona y, capa tras capa de nieve, se comprime hasta convertirse en hielo. Los icebergs que se desprenden de estos glaciares suelen estar formados por hielo de decenas de miles de años de antigüedad, y un solo iceberg puede contener hielo de varias épocas diferentes. Creando verdaderas obras escultóricas como las que vimos antes de llegar a la isla de Uunartoq.


Poco a poco vamos acercándonos a nuestro destino. En esta ocasión muy cerca del mar abierto. Solamente un pequeño anillo de unas decenas de kilómetros que rodea la costa es tierra libre de hielo y puede ser habitada, por ello, los groenlandeses se asentaron a lo largo del litoral. De esta manera nacieron pequeñas ciudades, pero no se quedaban en cualquier lugar, había que protegerse de los duros temporales que azotan estos lares. Incluso a veces se vieron obligados a cambiar de lugar, buscando vías más seguras y protegidas, siempre al abrigo de los temibles vientos. En la isla de Groenlandia no hay dos ciudades unidas por carretera. La orografía del lugar hace imposible esa posibilidad. Por eso todo nuestro periplo lo realizamos en una zodiac. Y, de pronto, aparece ante nosotros la playa de guijarros donde tenemos que desembarcar. Acabamos de llegar a la isla de Uunartoq.

Baños termales de Uunartoq
Llegamos a la isla de Uunartoq, donde tenemos que montar el campamento de tiendas. Está nublado y parece que va a llover, pero, de momento, aguanta. Eso si, es el día más frío desde que estamos en Groenlandia. Comparto la tienda con Isa, la madrileña afincada en Suiza desde hace años. Y que estos días está siendo mi teacher de inglés. Por la tarde, antes de cenar, vamos dando un pequeño paseo hasta unas aguas termales próximas a nuestro campamento. Nos lo pasamos de maravilla en ese baño tan cálido, con la imagen del fiordo plagado de icebergs de fondo. Estas aguas son el único atractivo de esta deshabitada isla. A diferencia de muchas fuentes termales, éstas tienen una temperatura constante y agradable que ronda los 34-38°C, lo que las hace perfectas para bañarse.

Las aguas termales de Uunartoq se conocen desde hace miles de años. Durante la época vikinga había incluso una abadía benedictina en el fiordo cerca de Uunartoq. Una vieja leyenda cuenta que Leif Eriksson, del que ya os he hablado en otras jornadas, decidió venir a nadar aquí para estar limpio y presentable antes de zarpar en busca de nuevas tierras. A pesar de la atracción que la isla ha tenido sobre los que pasaban por ella, nunca ha sido habitada de forma permanente. Dicen que debido a las historias de fantasmas que rondan los manantiales y que se esconden en el mar y en la niebla. Aunque, seguramente, la verdadera razón sea la escasa vegetación y la dureza del clima. Uunartoq está muy cerca de la capa de hielo, en un fiordo infinito lleno de icebergs, muy cerca de Alluitsup Paa, entre Qaqortoq y Nanortalik.


Cena en la isla de Uunartoq
Dejamos los baños termales, que tanto me han recordado los que disfrutamos MARÍA y yo en nuestro maravilloso viaje a Islandia. No teníamos ganas de salir del agua, pero esta noche tenemos una cena de lujo. Vamos a ir a casa de un matrimonio inuit, Aggu e Ilde. Que nos invitan a su vivienda para compartir su cena con nosotros. Qué maravilla. Unas truchas al horno riquísimas. Truchas que ha pescado Aggu en el fiordo de enfrente, por el que hemos llegado a media tarde en la zodiac. Y que él mismo nos ha cocinado. Aggu es pescador y cazador. Su mujer, Ilde, nos enseña en su móvil algunas fotos de sus hazañas en la caza de focas y caribúes. Su vivienda es la única que existe en esta isla y vienen a ella en la época estival. El resto del año viven en Qaqortoq.


Un rato entrañable y maravilloso el que hemos pasado con Aggu y su esposa Ilde. Mientras nosotros cenábamos ellos han estado sentados tranquilamente en el sofá. Imagino que disfrutando de sus invitados y también entretenidos con nuestra visita. Una casa humilde, bien preparada para vivir en estas latitudes y con los perros a los pies de sus dueños. Los inuit siempre han confiado en sus canes como compañeros para cazar y viajar. En el pasado, ayudaron al cazador a rastrear los orificios de respiración que hacían las focas en la banquisa. Fueron útiles para cazar osos polares, bueyes almizcleros y también caribúes. Permitieron a los inuit viajar a grandes distancias en sus trineos y a orientarse en circunstancias difíciles como el mal tiempo. Sin duda alguna, en este lugar de la tierra es donde mejor se ha comprobado esa relación simbiótica entre los perros y los seres humanos.







