Epílogo

Jueves, 27 de julio de 2017

Ayer fue día de no hacer nada. Caminar poquito. No tocar el portátil. Disfrutar de las maravillas que tenemos en Galicia. Por eso me vine al fin del mundo, a la Costa da Morte. A descansar a Fisterra. La última etapa de un servidor en el Camino de Santiago. Alcanzar el lugar al que muchos peregrinos llegaron hace años pensando que realmente se encontraban en el precipicio de la Tierra. Sin duda alguna ha merecido la pena acercarme hasta aquí. A despedirme para siempre de esta aventura que comencé allá por el 18 de julio de 2016, en Saint Jean Pied de Port y terminé el día de Santiago, en Santiago de Compostela, el 25 de julio de 2017. Donde el silencio esconde algo más que palabras.

El cabo Finisterre es el origen de innumerables leyendas gallegas que han perdurado hasta nuestros días. El misticismo de este lugar, su paisaje y su tranquilidad, impactan a cualquier viajero. Finisterre es un lugar mágico y de un gran simbolismo, porque es aquí donde termina el camino para muchos peregrinos. De hecho, se trata del segundo lugar más visitado de toda Galicia, después de Santiago de Compostela.

Además, una de las recompensas simbólicas más importantes que se llevan los peregrinos al llegar a Fisterra – como se conoce en galego – es el primer y único contacto con el mar de todo el Camino de Santiago. Solo al llegar a Finisterre se puede ver la inmensidad del océano. Que para muchos místicos simboliza el fin del mundo, o el inicio de la tierra de los muertos. En poco más de dos años iba a estar en otro lugar al que también le llaman el fin del mundo. Ushuaia. Pero eso es otra historia.

Es inevitable hacerse unas fotografías con la última señal del Camino de Santiago, que apunta directamente al mar. El hecho de apuntar al mar posiblemente tenga que ver, según algunos expertos, con la expiación del alma después de haber completado el camino. Para mí significa un momento memorable digno de inmortalizar.

En el kilómetro 0 del camino de Santiago.

El faro fue construido en 1853. Momento en que fue necesario crear un vigía para evitar más desastres en las revueltas aguas de la Costa da Morte. La torre mide 17 metros. La luz del faro alcanza más allá de las 30 millas náuticas. Todo un referente de la costa atlántica.

Pero si el cabo Finisterre es un lugar místico, es porque este lugar fue considerado por varias civilizaciones como un punto de encuentro divino. Seguramente una de las leyendas e historias más conocidas es la del Ara Solis. Un supuesto altar al Sol creado por los fenicios para venerar al rey de los astros. Cada tarde, al ponerse el Sol, los antiguos le rendían pleitesía para que les concediera su favor más preciado: la fertilidad. Y es que, para estas civilizaciones, el Sol era la fuente de vida de todo lo que ocurría en la Tierra. Desde la agricultura a la fertilidad de hombres y mujeres. Según la tradición jacobea, en cambio, este altar fue encontrado por primera vez por los romanos. Y destruido después por el apóstol Santiago en nombre de la cristiandad.

Contemplando el sol me despido de esta aventura recién terminada y doy la bienvenida a todo lo que está por llegar. Queda mucho por andar todavía, queda mucho por descubrir. Este es el comienzo de un hermoso camino. Os lo seguiré contando. Hasta pronto.

La sombra al final del camino.

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